En el norte de Colombia, bañada por las turquesas aguas del Mar Caribe, se encuentra una de las ciudades más bellas de Sudamérica: Cartagena de Indias.

Perla del antiguo Imperio español, en Cartagena de Indias se cargaban los galeones de plata y oro de las Américas rumbo a España. Atraídos por esos metales preciosos, ingleses, holandeses y franceses la atacaron y conquistaron cuando pudieron, pues las fortificaciones de la ciudad y la brava defensa de las tropas españolas la convirtieron, en la mayoría de las ocasiones, en un reducto inexpugnable.

Hoy en día, su casco histórico amurallado es la huella colonial más bella que queda en América Latina.

Cuando visites Cartagena de Indias, disfrútala sin prisas y absorbe su aroma a otra época.

Sin embargo, tras unos días, quizás te apetezca huir de su tórrido clima y quieras buscar algo que hacer en las cercanas aguas caribeñas. La mejor opción es realizar el tour de las Islas del Rosario.

Precio y logística del tour de las Islas del Rosario

Encontrar un patrón de barco o agencia turística que te ofrezca un tour por las Islas del Rosario es de lo más sencillo. Para ello, solo tienes que pasearte por el muelle turístico de Cartagena de Indias, situado cerca de la puerta de acceso a la antigua ciudad amurallada.

En el puerto hay varios comerciales que pasean arriba y abajo, buscando turistas que puedan estar interesados en la excursión.

No dudes a la hora de negociar el precio. En Colombia – como en tantos otros países de Sudamérica –, piensan que todos los turistas somos ricos y comenzarán pidiéndote un precio abusivo. Recórtalo hasta casi la mitad. Ten en cuenta que ellos nunca te venderán el tour si no les sale rentable.

A nosotros, de entrada, nos pidieron casi 120 000 COP (pesos colombianos) y finalmente lo conseguimos por 60 000 COP. Ese es el precio medio de los tours a las Islas del Rosario.

El precio incluye el paseo en lancha, fruta, agua y la comida en una de las islas.

Experiencia del tour de las Islas del Rosario

Dejando Cartagena de Indias rumbo al Caribe

Nos presentamos en el puerto turístico de Cartagena de Indias a las 8 de la mañana, tal y como habíamos acordado con Alejo, el comercial que, por su simpatía, nos convenció la tarde anterior.

Allí, junto a otra veintena de turistas, íbamos a tomar la gran lancha rápida que nos acompañaría el resto del día.

Salimos bajo un cielo plomizo que, en el fondo, agradecía. El sol quema en estas latitudes y la temperatura, incluso estando nublado, era más que agradable.

Salimos del puerto lentamente y cuando lo hubimos dejado algo atrás, los caballos del motor de la lancha comenzaron a sentirse exigidos. Pasamos junto a dos fuertes de la época española – San Fernando y San Sebastián -, símbolos de la antigua grandeza y belicosidad de Cartagena de Indias, y nos adentramos en el Mar Caribe.

El archipiélago de las Islas del Rosario

Tras unos 45 minutos de navegación, divisamos las primeras islas

Islas del Rosario es el nombre que se le da a un archipiélago de 43 islas situadas a unos 46 km al suroeste de Cartagena de Indias.

Las aguas que las rodean encierran una completísima vida submarina, por lo que fueron declaradas Parque Nacional Natural por el gobierno de Colombia. Corales, mantas rayas, peces de mil colores… Todo con lo que cualquier amante de los fondos marinos puede soñar.

El guía que nos acompañaba nos comenzó a explicar anécdotas sobre las islas que nos encontrábamos a nuestro paso. Algunas de ellas están deshabitadas, pero en la mayoría hay viviendas que van desde la modestia al más puro lujo.

De las que nos enseñó, dos me llamaron especialmente la atención. Las dos habían pertenecido a dos Pablos, bien distintos a razón de su aportación al planeta. La primera mansión perteneció al poeta chileno Pablo Neruda, que se retiró varios años en este remanso de paz y tranquilidad en la naturaleza, tal vez en busca de inspiración. Muy cerca de ella, nos encontramos con la mansión que ocupara el narcotraficante más famoso de Colombia, Pablo Escobar. Así que nuestro lema«plata o plomo» bien se podría cambiar aquí por el de «poesía o plomo».

Junto a la casa de Escobar, en una isla minúscula, la morada de una emigrante catalana parecía el contrapunto perfecto a la fastuosa mansión del narcotraficante.

El Oceanario

Tras el paseo entre las islas, atracamos en el muelle de la isla de San Martín de Pajarales, donde se encuentra el Oceanario. Aquí realizamos una parada de una hora, para que las personas que así lo desearan pudieran presenciar el espectáculo de delfines y tiburones que se organizaba en él (la entrada, unos 25.000 COP, hay que pagarla aparte). Yo decidí no apuntarme, así que pagué unos pesos extras para alquilar aletas, gafas y tubo y nos llevaron a un buen punto para sumergirnos y disfrutar de la prolífica y variada vida submarina.

Comiendo en Playa Blanca Barú

La siguiente parada del día fue para comer. Para ello nos llevaron a Playa Blanca Barú, donde en un restaurante a pie de playa nos dieron una buena ración de arroz con coco, patacón, pescado frito (mojarra roja) y ensalada. Devoramos la comida como si lleváramos días sin comer (el mar siempre da hambre) y después pasamos una horita y media disfrutando de la playa y hablando con la gente local.

Aquí se te acercarán unas mujeres con cubos de agua ofreciéndote dos cosas. Unas dan masajes por un precio bastante módico. No son los mejores masajes del mundo, pero solo por la conversación y el ayudarlas un poco, merece la pena.

Las otras intentan timar a la gente con unas ostras que ofrecen “gratuitamente”. En realidad, cuando ya la has comido, te comentan que no eran gratis y que tienes que pagar, al menos, unos 10.000 COP por cada una. Cuidadito con este tema.

Tras unos cuantos baños y paseos, nos montamos en la lancha de nuevo y nos llevaron a otro punto de buceo. Sería nuestra última inmersión del día antes de regresar a Cartagena de Indias.

Entramos al puerto al atardecer, cansados pero felices y con ganas de tomarnos unas buenas cañas en cualquier terraza de la preciosa e histórica Cartagena de Indias.

Dónde cambiar moneda en Colombia

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Imágenes: David Escribano y Pixabay.

David Escribano


Aunque estudié ADE y Económicas, siempre me gustó escribir historias inventadas. Hace una década que viajo para no tener que imaginarlas. Editor desde el 2007 en Viajablog y miembro de Travel Inspirers.